El mar

El Mar estaba de buen humor. Estaba en calma. Reía. Jugaba con la misteriosa luna, alzándose y dejándose caer. El sol lo coloreaba de cien colores y unas franjas de plata lo hacían precioso; y ahora el mar quería que todos entraran en él… que jugaran con él. Hacía ya días que no estaba enfadado. Acariciaba, ancladas, las barcas abandonadas. Quería ser amado. Comprendido. Respetado.

¡Quería ser comprendido, ante todo! ¡Respetado cuando estaba enfadado! Siempre lo había dicho, apelando al sentido común. Aquel día había llorado mucho. ¡Una noche entera! Y luego otras noches más.

—¡Nadie quiere entender de verdad que hay que dejar en paz y, si hace falta, incluso seguirle la corriente a quien en ese momento está de verdad enfadado! —refunfuñaba, triste, a las estrellas puestas en el cielo como lamparitas.

¡Aquel día el mar estaba furioso! ¡Los vientos fríos del Norte lo atormentaban! Él no tenía ninguna culpa. Ninguna culpa en absoluto. ¡Los vientos fríos del Norte! Lloró. Lloró. Se lo había dejado bien claro a todos, con sus olas altas y rizadas, que no quería a nadie. Estar solo. Estaba furioso. ¡Removía grandes rocas empujándolas con fuerza contra el acantilado! Luego aquellos jóvenes… eran cinco. ¡Se tiraron desde el muelle a las olas altas y rizadas!, casi como si lo hicieran adrede, para desafiarlo.

Y aquellos jóvenes, en un instante, desaparecieron entre las olas. Nadie supo nada más de ellos. El mar los había desfigurado tanto… habría querido, si hubiera podido, solo acariciarlos… habría querido, si hubiera podido, detener su furia… ¡pero las rocas afiladas estaban allí!, ancladas como espectros desde hacía más de cien años en la arena. Nunca devolvió los cuerpos de aquellos jóvenes. No quiso. Se avergonzó. De verdad. Los había desfigurado tanto… y así los escondió en los abismos. En un laberinto de grutas que serpentean misteriosas en el misterio de las cosas profundas.

Luego había llorado todo el día y noches y noches.

Aquel pueblo de pescadores que, encaramado en la peña, lo miraba desde hacía mil años, ahora estaba de luto.

El Mar estaba de buen humor. La juguetona luna lo divertía. Reía. Estaba en calma. Ahora quería ser perdonado. Había llorado todo el día y noches y noches. Él, como todos los demás, ¿qué podía hacer?: ¡es un hijo de la caprichosa Naturaleza!

Articoli simili