Los recuerdos del perro mastín (Mostar)
El Mastín cartero, en una vieja bodega, en un país lejano, estaba borracho de vino y lloraba… ¡lloraba! Ladraba recuerdos… y acariciaba con la pata la gran bola de cristal amarillo donde dormía un pez redondo con bigotes, amigo suyo. Un pez de río.
Érase una vez… ¡oh! Érase una vez un bosque bonito… árboles grandes y floridos… llenos, llenos de nidos de pájaros, que se mecían con el viento… un bosque bonito donde el río que lo dividía perfectamente por la mitad reía, y los arbustos de rositas pequeñas, de infinitos colores, que lo acompañaban un buen trecho, se inclinaban una y otra vez, regalándole al agua algún fruto perfumado.
Y cada día el pez Margarita contaba a sus amigos muchas historias, tantas como pétalos adornaban su cuerpo redondo como el sol. Muchas historias de vida vivida… un pulpo de mar fue encontrado enroscado a una botella de quinamartini… una medusa turquesa tocaba el violín, tendida como un paraguas sobre las ramas de una planta marina…
Y el pez Simpatía coleccionaba burbujas de río, recogiéndolas en recipientes de cristal tapados con escamas de piedra verde.
Y el pez Amable sorbía un licor de alga en una copita de plata que se había encontrado y brincaba de alegría embriagadora entre sus amigos, que se partían de risa.
Y Caracol Naranja lustraba los guijarros con su baba y con un trapo de alga celeste.
Y el sol del atardecer se rompía en rojo a lo largo del lecho del río y teñía, salpicando el color, las nubes perezosas que dormían siempre.
Al fondo del bosque estaba el pueblo, que era un hormigueo de casas pegadas a la roca como los granos de uva alrededor del racimo, y todos los días mis amigos animales hacían una gran fiesta en la plaza de los plátanos. En la plaza de los plátanos.
Junto a la fuente estaba la vieja ardilla Escobilla, que vendía cacahuetes cocidos… En las escaleras del viejo convento estaba la abeja Honrada, que repartía a todos miel hilada.
Las gallinas comadres vendían huevos de corral y… y las marmotas, para dormir en paz después de haber trabajado toda la noche, se hacían las muertas.
Las viejas tortugas, llenas de arrugas en el cuello… bordaban con hilos de hierba del bosque las hojas secas de lechuga…
Una sola burra vivía en aquel bonito pueblo, porque el marido se le había muerto hacía cerca de un mes, mientras tiraba del carro, pintado de amarillo y de rojo, repleto, repleto de joyas caras.
Y a mí, perro Mastín, me habían hecho cartero… me habían hecho cartero, y entregaba a todos urgentes y postales… alguna carta y algunas facturas.
El panadero, el perro Losci, horneaba brioches que le salían flojos y pochos.
—¡Termina! ¡Termina, Mastín cartero!, que no tenemos paciencia para escuchar tus ladridos roncos y quejumbrosos —gritaron a coro unos viejos faisanes que brindaban con unas jóvenes amigas gallinas.
—Termino, termino… vo-vosotros no entendéis… vosotros no entendéis… ¡Luego vinieron los lobos! ¡Los lobos! Ya no queda nada en mi bonito pueblo: quien ha huido, quien ha muerto devorado… quien atrapado… ¡ya no queda nada en mi bonito pueblo! Intrigas, intrigas… disputas… ¡Mi bonito pueblo! Los lobos, los lobos… mis amigos… oh, el perro Losci, la abeja Honrada… la abeja Honrada murió devorada… quien atrapado… ¿ahora entendéis? ¿¡Entendéééis!? —y estalló en un largo llanto desconsolado.
—¡Vamos, vamos! ¡Dale de beber, dale de beber, tabernero, a nuestro amigo el perro Mastííín! —cacareó un gallo parisino que picoteaba frenético en dos largas copas de vino.