La zorra instruida
Érase una vez una zorra que se había instruido muchísimo y pasaba gran parte del día con los libros entre las patas. Todas las zorras la mantenían a distancia y se aburrían de tenerla por amiga, pero ella no conseguía entender bien por qué se comportaban así con ella.
Y un día, cuando casi todas se habían reunido entre los tocones de castaño, se armó de valor y decidió subirse a un tronco y pronunciar un buen discurso. Y empezó:
«Os lo ruego, amigas zorras, escuchadme un poco, que yo también soy zorra. No sé por qué me mantenéis a distancia, pero sé, ¡y os lo juro!, que siento por vosotras un gran respeto. Y nunca le he hecho daño a ninguna, así que os pido con inmensa cortesía que me prestéis atención. Y además quisiera… es un ruego que os hago…».
Alguna zorra bostezó y alguna otra se aburrió.
«Creo que… permitidme deciros que paso gran parte del tiempo tratando de entender, como vosotras, las cosas del mundo. Yo sé, sin ofender a ninguna, por qué en el cielo hay tantas estrellas y el equilibrio que dan al mundo y al universo entero; el sol es la única estrella realmente cercana a nosotras y consigue llevar a todos sus rayos, ¡y los rayos son luz! Y sé que la tierra gira divertida alrededor, alrededor del sol, y así llega la noche. ¡Y está la luna!, que en la oscuridad nos da un poco de luz, y a veces mucha, ¡como si fuera otro sol! Es más pequeña que la tierra y su masa le da al mar la marea alta y la baja, y su influencia se refleja incluso…».
Una zorra bostezó y murmuró y se aburrió.
«Y por qué el agua del mar es siempre salada y es un conjunto de gotitas y en ella se agitan los peces, felices. Y sé cómo se formaron las montañas y por qué en invierno las cubre la nieve y cómo los árboles trepan por el aire, porque una pequeña semilla puesta ahí en la tierra…».
Alguna zorra bostezó y alguna otra se aburrió y otra más se marchó.
«¡Pero mira tú! Yo no lo entiendo: ¡os lo ruego! Son cosas útiles las que estoy diciendo, y sirven para hacernos entender mejor nuestra vida y para hacernos felices… Los árboles florecen y luego dan tantas variedades de frutos a tantos animales, que pertenecen al mismo equilibrio natural en el que vivimos nosotras, y en el que participamos para bien y para mal…».
Otra zorra bostezó y otra más se aburrió y otra más se marchó.
«¡Escuchadme, por Dios! Os digo cosas que nunca habéis oído y que, para decíroslas, he tenido que gastar pelos y más pelos de las patas hojeando páginas y páginas de libros y más libros. ¡Para saberlooo! ¡Son cosas que sirven!, ¡para vivir mejor! Podemos salvarnos la vida, llevar la piel a salvo a las madrigueras, porque además he descubierto que los perros que nos persiguen como locos ¡obedecen órdenes! Y…».
Alguna zorra bostezó y alguna otra se marchó.
«A los perros los tienen ciertas personas y, a cambio de un pellizco de pan y un poco de cobijo…».
La última zorra bostezó y murmuró y se aburrió… ¡y ya no quedó ninguna! ¡Sola, solita, sobre el tronco se quedó la zorra! Solo quedó una garduña que la había escuchado con interés, tomando apuntes, y que decía «Sí, sí», bajando varias veces la cabeza. La pobre zorra, al verse sola, bajó del árbol y, amargada, le preguntó a la garduña: «¿Por qué, por qué se han ido todas sin escucharme un poco? ¡Decía tantas cosas justas! Y he descubierto, por su bien, por qué tantos perros de repente nos persiguen y las zorras del miedo se hacen pis».
La garduña entornó los ojillos, la apuntó con su hocico torcido y dijo: «¡Sabes! ¡Sabes! ¡Sabes! ¡Y sabes! Pero ¿qué sabes? ¡Sabes para ti!, pero no para ellas. Con las zorras solo tienes que hablar de huevos y de gallinas. Vuelve a intentarlo mañana: súbete al tocón y diles que sabes dónde hay un buen gallinero repleto, repleto… ¡eh!, ¡de gallinas! Gallinas, gallinas… ¡gallinas!».
«¿Gallinas?», preguntó atónita la zorra.
«¡Sí! ¡Gallinaaas!».