El ratoncito y el elefante

Érase una vez un elefante que tenía que hacer un largo viaje. Érase una vez un ratoncito que tenía que hacer un largo viaje. Se pusieron de acuerdo y viajaron juntos.

El ratoncito tomó un trapo y metió dentro un poco de pan y un poco de queso. Y el elefante se hizo con dos grandes cestas, las llenó bien de paja y se las colocó sobre el lomo. ¡En marcha! Y partieron.

El elefante, fanfarrón, corría cómodo con sus cuatro patazas y se movía como si el mundo entero fuera suyo, y abanicaba la larga trompa y el aire silbaba.

El ratoncito, para seguirle el paso, movía frenéticamente sus patitas y tropezaba con las puntas del trapo, rodaba entre las piedras y goteaba sudor como un grifo que pierde agua.

Blanco como la cera, el ratoncito parecía muerto de verdad; y, jadeando, empezó a desvariar: —¡Por qué! ¿Por qué me ha creado tan pequeño y mezquino la infame naturaleza? ¡Maldita!: ¿no podía hacerme elefante? ¡Maldita!: ¡al menos podía hacerme jirafa! ¡Maldita! Me habría conformado incluso con ser caballo. ¡Maldita!

El elefante soltó un soplido con la trompa y el ratoncito salió disparado contra un árbol y se quedó colgado de una rama, porque el trapo con el pan y el queso se enganchó. Y el soplador ni siquiera se dio cuenta.

—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita la naturaleza! ¡Y mira este, que con un soplido me ha arruinado! —Y movía histéricamente las patitas porque quería bajar. Y la naturaleza, llamada tantas veces «Maldita», ¡se presentó!

—¡Cuánto chillas! ¡Cuánto chillas! Soy la naturaleza: ¡aquí me tienes! Habla rápido, que tengo que irme enseguida.

—¿La… la… la naturaleza? Dios mío: ¿de verdad eres la naturaleza?

—¡Sí! Soy de verdad la naturaleza. Habla rápido, que tengo que irme enseguida. Es más… Espera, espera: ¡calla!, que ya lo he entendido todo: ¿quieres convertirte en elefante? —La naturaleza se puso enseguida a contar, y contó y contó deprisa muchísimos números, y deprisa sentenció:

—Tú serás elefante y el elefante será ratoncito: que alguien tendrá que llevar las cuentas en este extraño mundo. —¡Y la naturaleza desapareció!

La rama del árbol, por el exceso de peso, ¡se partió! Y el ratoncito se encontró convertido en elefante. Lo primero que sintió fue hambre; miró a su alrededor y solo encontró una pizca de pan y queso, se la tragó y no le hizo nada, porque en su gran estómago aquella pizca bailaba.

Un poco más adelante, el elefante se encontró convertido en ratoncito y se sintió, de repente, aplastado por las cestas de paja y…

—¡Maldita la naturaleza! ¿Por qué? ¿¡Por qué no soy un elefante o una jirafa!? Pero… pero, pero soy ratoncito y no pasa nada. Sí: soy ratoncito. —Y salió de debajo del gran peso, arañado hasta sangrar.

Y fue de noche y fue de mañana.

Se encontraron, por casualidad, el nuevo ratoncito y el nuevo elefante. Y… el elefante tenía que hacer un largo viaje. Y… el ratoncito tenía que hacer un largo viaje. Se pusieron de acuerdo y reanudaron el camino.

El elefante tenía mucha hambre y lanzaba los ojos a su alrededor como un loco para encontrar una brizna de hierba, y la hierba no estaba, porque aquella era una zona árida y llena de piedras. El ratoncito, por casualidad, encontró una patata, royó la mitad y se sació, y la otra mitad se la ofreció al elefante, que se la metió voraz en su gran estómago, pero no le hizo nada, porque aquella pizca de comida era como una gota de agua en un barril vacío.

¡Luego llegó la sed! El ratoncito divisó un charco y encontró entre el barro unas pocas gotas de agua, se las bebió y calmó la sed, y luego llamó al elefante, y al elefante no le hizo nada.

Y hacía un sol fuerte, fuerte que resquebrajaba la tierra ya resquebrajada, y de sombra no había ni pizca. ¡El elefante estaba agotado! El ratoncito sí la encontró, la sombra: encontró una sombra con forma de elefante y se quedaba allí al fresco, y luego llamó al elefante para darle un poco y, extrañamente, quién sabe por qué broma de la naturaleza, ¡la sombra siempre huía del elefante!

Y fue de noche y fue de mañana.

El ratoncito chillaba fuerte, fuerte porque estaba alegre: había encontrado diez gusanitos y se los había comido. El elefante se despertó y le costaba levantarse; sus patas sufrían de debilidad. Hizo un esfuerzo y se levantó.

Reanudaron el viaje y… y… de repente salieron de los matorrales muchos cazadores y, con caras burlonas, persiguieron al elefante para arrancarle el marfil de la boca, y este, para salvarse, tuvo que sudar la gota gorda, ¡gotas gordas de elefante!

Y fue de noche y fue de mañana.

Y… y el elefante se despertó en un sitio. Y… y el ratoncito se despertó en otro sitio. El ratoncito, solo, reanudó el viaje. El elefante, solo, reanudó el viaje.

El elefante camina… camina y… y… de repente se desmayó de sed y de hambre. El sol le daba de lleno y lo cocía.

Se acercó un hombre pequeño y curioso, con una carita de abeja y negro como un escarabajo, enrollado en una larga manta agujereada, y lo refrescó con grandes cubos de agua, y así el elefante se recuperó; y luego, y luego, el hombre le preguntó con una vocecita fina que daba pena: —¿Quieres trabajar para mí, de esclavo, toda tu vida? Hay mucha madera gruesa y larga que cargar. Pero te daré mucha agua y mucha comida. Te conviene. Ya lo hacen muchísimos elefantes, que seguro mueren de viejos y con el marfil intacto en la boca. ¡Vamos! Levántate; te conviene.

Y fue de noche y fue de mañana.

El ratoncito se despertó y chilló y chilló, y comprendió y pensó: —Vaya: ¡qué suerte es, a veces, ser ratoncito!

Y… y… ¿qué decís? ¿Hacemos que el ratoncito se encuentre con un buen gato? ¡No, no! Hagamos así: dejémoslo en paz; se la merece, la paz… porque… porque ¡siempre se ha conformado!

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