La Muerte y la Naturaleza
¡Hubo una vez el mundo, que era nuevo! Y cuando los seres vivos aparecieron sobre la tierra, nació también la Muerte.
Al principio nadie sabía que existiera: la Muerte no sabía nada del mundo ni de cómo y cuántos eran los vivientes de la tierra. Y, sentada en una roca que estaba en lo alto de un peñasco, pasaba el tiempo rascándose las orejas con las uñas amarillas: por lo demás, no sabía qué hacer.
Pero un día, muy de mañana, se sacudió la pereza y decidió… se dijo a sí misma en voz alta: «¡Tengo que saber y entender… Investigar!».
Tomó una corteza de árbol y unos hilos de junco y se hizo una bolsa; encontró unos trocitos de carbón y los tomó porque escribían, y luego unas hojas anchas, y partió a descubrir el mundo entero.
Caminó y caminó y tropezó con una rama toda torcida y se cayó y maldijo y se levantó y se adentró en un bosque espeso y allí encontró una tortuga y ¡se asustó!; luego, poco a poco, se detuvo, la observó y pensó: «¡Qué fea es!».
Se acercó y le preguntó: «Ser, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas y adónde vas, despacio, despacio, con ese caparazón robado encima?».
«Quién soy no lo sé y me llamo Tortuga. Y… y adónde voy, ¿a ti qué te importa?».
La Muerte, enfadada, anotó la especie «Tortuga» y la dibujó.
Se puso de nuevo en camino y en una selva vio un loro y se detuvo y lo observó y pensó: «¡Qué colores tan bonitos tiene! ¡Pero qué pico tan feo y torcido!».
Se acercó y le preguntó: «Ser, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas y adónde vuelas, con tantos colores bonitos encima y ese curioso pico retorcido?».
«Quién soy no lo sé y me llamo Loro. Y… adónde vuelo, ¿a ti qué te importa?».
La Muerte, enfadada, anotó la especie «Loro» y lo dibujó.
Se sentó en un tocón nudoso y descansó y luego volvió a caminar. Encontró en una sabana una jirafa y se detuvo y la observó y pensó: «¡Dios mío, Dios mío!: qué cuello tan largo. ¡Y cuántos colores bonitos!… Es fantasía desperdiciada, si luego tiene que morir».
Se acercó y le preguntó: «Ser, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas y adónde corres, haciendo serpentear ese cuello tan largo?».
«Quién soy no lo sé y me llamo Jirafa. Y… y adónde voy, ¿a ti qué te importa?».
La Muerte, enfadada, anotó la especie «Jirafa» y la dibujó.
Y así sucesivamente. En su larguísimo viaje, con puntillosa meticulosidad, clasificó todas las especies y las anotó una por una.
¡Pero al hombre no lo encontró!
Y un día, sentada a la orilla de un río, sobre una roca puntiaguda, con los pies apoyados en una gran cesta, contra un saco de carbón y muchas hojas anchas, se puso a dibujar un cocodrilo que estaba allí, a poca distancia, chapoteando entre el barro y las ramas verdes; lo observaba y contaba puntillosamente las escamas y tenía… tenía unas ganas enormes de llevárselo consigo a las tinieblas de la Nada.
Pasó por allí, alegre, la Naturaleza.
«¡Eh, Muerte! ¿Cómo te va? ¿Y bien? ¡Oh, muy bien!: ¿el cocodrilo? ¿Le haces el retrato al cocodrilo? ¿Po… por qué?».
«¡Oh, mi… mira quién está aquí! ¡La Naturaleza! Pero ¿sabes tú, sabes que yo también soy una criatura tuya?».
«Pues sí, claro que lo sé: ¡te di la vida yo! Y… ¿y sabes también por qué te hice nacer?».
La Muerte se rascó las orejas con las uñas amarillas y la miró fijamente, colérica. Y la Naturaleza: «… Y no me mires así. Lo sabes, lo sabes. ¡Claro que lo sabes!».
«Yo… Yo… pero… si las cosas van siempre así en este mundo… ¡no puedo esperar tanto, yo!».
«¿Tanto? Tienes que esperar… ¿Pero sabes que el mundo es nuevo? ¡Nuevo!».
«Pero yo… yo…». Y la Muerte empezó a llorar y se cubrió la cara con sus manazas negras y luego volvió a quejarse: «Estoy cansada de tanto ocio y no me siento nada realizada. ¿Para qué sirvo yo, eh? ¿Qué hago en este maldito mundo tranquilo? La situación aquí es muy extraña y yo no vivo nada bien. En todo el mundo solo me he llevado un gusano que se comió una gallina, una mosca aplastada por los cascos de un caballo y un ratón muerto con espuma en la boca».
La Muerte se puso toda amarilla de rabia y continuó: «¡Yo también, yo también te pertenezco, por Dios, Naturaleza! ¿Soy o no soy una criatura tuya? ¿Cómo vivo, cómo vivo yo aquí, si no se muere nunca nadie? ¡Y maldita sea… maldita sea! ¡Maldito este mundo tranquilo!».
La Naturaleza se estremeció y la interrumpió: «¡Calla! ¡Calla, ingrata! ¿Lo sabes, lo sabes por qué te di la vida?».
«Bueno… quizá… quizá lo sé y no lo sé… ¡Qué sé yo! ¡Solo sé que aquí no se muere nunca nadie!».
«He llevado la vida a muchos otros planetas pero, criatura Muerte, una tan mala como tú nunca la había parido… ¿Será que la tierra se te ha subido a la cabeza? Podrás llevarte a un ser solo cuando hayan pasado los años que yo, ¡yo!, le he dado. Para dejar sitio… para dejar sitio a otros más… seres nuevos que también tienen que saber… curiosear en este mundo mío nuevo. ¡Esta es mi obra! ¿Entiendes?».
«¡Oye! Una sola gallina se ha comido un gusano y una mosca ha sido aplastada por los cascos de un caballo y un ratón ha muerto con espuma…».
«Mi obra está todavía al principio. Es tal el esfuerzo que estoy haciendo para que este mundo sea perfecto que me ha dado un agotamiento… El corazón se me ha enfermado, enfermado de verdad. Ven, ven. Mira, mira. Mi obra está todavía al principio. Pero… aquí, aquí, ¿adónde miras? Aquí, en mi bolsa».
La Naturaleza sacó una larga hoja y empezó de nuevo:
«¡Mira! Este es mi proyecto. ¿Ves? ¡Este es el hombre! Así, así será el mundo nuevo. El hombre: será el hombre… sabrá el hombre… ¡Él ya sabe lo que tiene que hacer!».
La Muerte miró fijamente a la Naturaleza, se rascó las orejas con las uñas amarillas y, trastornada, dijo: «¿El hombreee? Y… y… ¿qué tiene que hacer?».
«¡Sí, el hombre!». Y la felicidad se apoderó de la Naturaleza.
«¡Mi última y perfecta criatura! Cuidará con tanto amor mi sublime obra y enseñará a los seres vivos a no comerse entre ellos (y si la gallina se ha comido un gusano y un caballo ha aplastado por error una mosca con los cascos, y un ratón ha muerto con espuma…, ¡quiere decir que mi obra está todavía al principio!) y hará que busquen fruta y leche y bayas y miel, sin hacer daño a ninguna de mis criaturas. Perfecta, perfecta. ¡Mi obra se la confiaré a mi último y predilecto hijo! Él ya sabe lo que tiene que hacer.
A algunos los pintaré de negro, a otros de blanco, a otros más de rubio y de rojo, luego otra vez negro y blanco juntos, a veces con más negro y a veces con más blanco; y les daré ojos celestes y verdes y negros y azules, y de formas variadas. Haré que hablen, que hablen y de manera distinta; y colorearé su hablar con muchos, muchos dialectos bonitos. Así, así tengo que hacerlo. Porque así son más… más… cómo decirlo… Estoy tan emocionada que no encuentro… Ya no tengo palabras. En fin…».
La Muerte oyó decir tantas, tantas cosas extrañas y todas en un solo momento, que poco le faltó para volverse loca: se rascó otra vez las orejas con las uñas amarillas, ¡con tanta fuerza que se las despellejó! Con los ojos desorbitados miraba a la Naturaleza y quería desmayarse; y luego, en cuanto se recuperó un poco, empezó poco a poco a estudiar las hojas ya dibujadas y comprendió por qué tantos animales eran casi iguales: ¡los había querido así la Naturaleza, para colorear más la tierra! Después, entre tantas hojas anchas, escogió otras aún más anchas y bonitas y unos trozos de carbón grandes y aún más negros, y los apartó para retratar a la última criatura que estaba a punto de salir: ¡el hombre!
Entristecida, sollozó levemente y pensó que, en cuanto la Naturaleza se alejara, lloraría mucho para desahogarse. Pero la Naturaleza, quién sabe por qué, la entretenía más y más… Por fin la Muerte, armándose de valor, se despidió con una reverencia y estaba a punto de irse… Pero la Naturaleza empezó a hablar.
«Vamos, vamos, ¿por qué te quejas? Te ocuparás de la sustitución de… con los nuevos seres que yo inventaré. ¡Vamos, alegra esa cara! Ven, ven conmigo: te enseñaré mi laboratorio».
La Muerte, en ese instante, ¡comprendió! La habían concebido imperfecta. ¿Por qué precisamente a ella? Sí: deseaba malvadamente que los seres vivos murieran antes de que se cumpliera su ciclo. Se cubrió fugazmente la cara con las manazas negras de uñas amarillas. La invadió el terror. Se dio perfecta cuenta… Comprendió que de aquella imperfección, ya, estaba enamorada. Y… no quería que el hombre viniera al mundo para poner las cosas en orden.
La Muerte y la Naturaleza atravesaron deprisa un gran bosque. Al anochecer llegaron al pie de una altísima montaña. La Naturaleza tomó de la mano a la Muerte y la llevó hasta un gran seto de zarzas, y allí había una abertura entre hojas y espinas y frutos y bayas rojas y negras. La atravesaron, y al poco se encontraron en la panza de la montaña, en un gran espacio que era el taller.
«¡Mira! Es aquí donde he construido a los seres. Allí. Y allí. Tú naciste allí. ¡Allí!, en aquella gran ampolla. Mi cri-a-tu-ra MUERTE». Y la Naturaleza la besó y luego alargó las manos, le tomó la cara y la acarició.
La Muerte frunció el ceño: sentía mucha curiosidad. Luego dijo: «¿Y la jirafa? ¿Dónde nació la jirafa?».
«La jirafa nació allí, en aquella tina alta y estrecha, que… ¡Dios mío, Dios mío!, ¡lo que me costó sacarla! La tiré del cuello con todas mis fuerzas, y tan fuerte que se le alargó tanto que me asusté. Pero, pero, le hice una gran mezcla de colores y quedó realmente bonita. ¿Te la has encontrado, a la jirafa?».
«¡Sí, sí!».
«Es bonita, ¿eh? Di la verdad… Por cierto, allí están los recipientes de los colores. ¡Pobre de mí! Tengo que ponerme de verdad, de verdad manos a la obra: además de dar vida al hombre, tendré que darle a la tierra muchos otros animales de esas… esas especies que tú ya conoces. Son… son todavía muy pocos. Ahora hago las cuentas».
Sacó un librote enorme, se mojó los dedos con saliva y empezó a restar y a multiplicar.
«¡Pocos! Faltan todavía muchísimos. Cien masas… doscientas para hacer al hombre… cada masa mil y mil más mil por mil… Sí. Quizá basten. ¿Las ves? Estas son las masas aún sin preparar. Sustancias en bruto. Yo las he refinado: ¡cuánto esfuerzo! Cuánto esfuerzo para limpiar ciertas sustancias… Tengo un agotamiento nervioso en estas manos que ni te cuento. Poco, a decir verdad, he trabajado para hacer a los animales. Pero para hacer al hombre… para dejar puras sus sustancias… He eliminado: la atrocidad, la barbarie, la brutalidad, la saña, la impiedad… y también la envidia, la ferocidad, la inclemencia, la tiranía, el deseo de poder, la aspereza, la crueldad, la glotonería y la pasión incontrolada y la estupidez y la esquizofrenia y la esquizotimia y… muchísimas, en fin: si me pusiera aquí a enumerarlas todas, no tendría tiempo, de aquí a un mes, de hacer al hombre y luego otros animales».
«¿Todo tú sooola? Todo… ¿Tú sola? ¿Y las sustancias…?».
«Sí. Están allí, en aquellas ampollas. Sustancias malditas. Malditas. Mañana las enterraré. Por eso, por eso los seres no se masacran entre ellos».
La Muerte la miró fijamente con sus ojazos negros, se rascó todo el cuerpo con sus uñas amarillas y se puso aún más negra, y luego toda un temblor.
«¿Allí, en aquellas ampollas? ¿Todas allí? ¿En aqueellas ampooollas?».
«Sí. Mantente lejos: son peligrosas. Cuanto antes las enterraré en fosas profundas».
La Muerte vio en una estantería una pequeña ampolla roja y, señalándola con un dedazo, preguntó: «¡Aquella de allí! ¿Qué es?».
«La edad infinita. Aquella es la ampolla de la edad infinita. Mañana irá también ella a una fosa profunda».
«¿La edad in-fi-ni-ta? ¿In-fi-niii-ta?». Al oír esto, la Naturaleza sospechó de golpe. «¡Ahora basta!, quieres saber demasiado: vas girando por todas partes esos ojazos negros, y eso no me gusta. Eres una criatura mía, por eso te he consolado. Pero ahora basta». Y, agarrándola de un brazo, la acompañó a la salida. Y la Muerte se marchó.
Caminó mucho rato, agitada como una condenada; luego, cansada, se sentó en un tocón torcido. Creyó, por un momento, haber soñado un mal sueño. Por fin abrió de golpe la bolsa, sacó hojas y carbón y puso en columna unos signos extraños para hacer estadísticas… Luego estalló: «¡Maldita mala suerte! ¡Mala suerte negra! ¡Tendré una mosca aplastada por la cola de una vaca y un gorrión tonto caído de un nido y un pollito que se ahoga en un huevo! ¡Maldito mundo tranquilo!». Y pensó… pensó: «“El hombre sabrá qué hacer…”. Pero ¿qué sabrá hacer, al fin y al cabo?».
Volvió a pensar: «… las sustancias malditas… la glotonería, la envidia, la pasión incontrolada, la esquizotimia… Podrán ayudarme, si… ¡síííí!». Y comprendió. A su manera, comprendió. Y, levantándose de golpe, exclamó: «¡Soy la Muerte, yo! Esperar tanto, no me da la gana».
Se durmió y soñó lo que quería que sucediera. Imaginó al hombre y fue un bonito sueño de matadero: cabezas partidas y panzas desgarradas y jirafas con el cuello arrancado y elefantes descuartizados y mujeres muertas violadas y caballos con los costados reventados… Pasaron tres horas y se despertó.
Agarró la bolsa, tomó unas hojas anchas y a su manera construyó unos recipientes, los llenó de agua y, a pasitos rápidos, se fue. ¿Adónde fue? A casa de la Naturaleza, esperando que durmiera.
En un abrir y cerrar de ojos se encontró en la panza de la montaña, en el gran espacio que servía de taller.
Aguzó el oído y oyó que la Naturaleza amasaba y canturreaba.
Esperó. La Naturaleza se durmió.
Se movió con pasos de perro astuto y, con las manazas negras, agarró las sustancias malditas y las vertió a toda prisa en las masas, sin preocuparse de medir las cantidades. Ella misma bebió mucho líquido cruel y todo el de la edad infinita. Luego, lanzando al aire una risa histérica, llenó las ampollas vaciadas con el agua que había traído del bosque, para que la Naturaleza no supiera nada de su intriga. La Naturaleza, sentada en un taburete, dormía encorvada. Roncaba sonriendo. La Muerte la miró con sus ojazos negros, tomó una hoja ancha y un trocito de carbón, anotó la especie «Naturaleza», la dibujó y murmuró: «Lo sabe. ¡Lo sabe bien, ahora, lo que tiene que hacer!».
Pasaron dos días y la Naturaleza había dado vida a muchos animales más y al hombre de muchos colores. Lo miró y se conmovió y lloró y lo acarició y lo besó y dijo: «¡Te confío el mundo! Cuídamelo, no me lo estropees, el mundo. ¡Es bonito, redondo, redondito!».
Se secó las lágrimas, conmovida, y luego, con gracia prudente, tomó las ampollas, las enterró en una fosa profunda, voló al cielo y quién sabe adónde fue.
Y… y quién sabe, quién sabe qué pasó. Bah… Quién sabe. Con el lío que se armó… ¿Quizá la Muerte manda a su antojo y la Naturaleza se desespera? Quién sabe.
¡Bah! La Muerte, con sus uñas amarillas, ¿logrará llevarse a la Naturaleza a las tinieblas de la Nada? Bah: quién sabe.
Quizá… ¡Aquí está! ¡Sí, sí! ¡Él lo sabrá seguro! Basta con preguntárselo al Hombre. Sabe bien lo que tendrá que hacer: ¡se lo ordena la Muerte!